El ritual del niño
Ante mis ojos veo como los aqueos asedian a los troyanos. La urdimbre tejida por Sinón ha funcionado: el Caballo de Troya ha atravesado las murallas. Eneas está dispuesto a combatir con un puñado de hombres hasta la muerte: «¡Mis hombres, corazones en vano valerosos! Si tenéis el deseo decidido de seguirme hasta el último trance, ya veis qué suerte aguarda a nuestra causa» (vv. 347-350; Eneida, Virgilio). Eneas se encuentra con Panto, sacerdote de Febo en el alcázar, que se lleva objetos sagrados del templo con los que se llevan a cabo los rituales religiosos y arrastra de la mano a su nieto pequeñuelo.
Como si un hilo conductor hilvanara las historias antiguas con el presente, alzo la mirada del libro y encuentro a un niño sentado en una mesa solo y distraído. A través de la ventana de la cafetería lo observo. Encima de la mesa, un zumo y unos sobres de cromos del Mundial.
Empieza entonces lo que parece un austero ritual para obtener el favor de los dioses; quién sabe si alguien se lo ha enseñado o si, acaso, lo lleva dentro de sí. Con uno de los sobres entre las manos, se lo acerca a los labios y lo besa. Acto flagrante que confirma las sospechas acerca de sus aspiraciones de intercesión divina. Sabemos que los rituales requieren de distintos elementos: el signo exterior, el beso, y el signo interior, la disposición honesta del corazón. El primero se manifiesta con el beso; el segundo, será articulado. Antes de abrir el sobre y tras el beso, parece que el muchacho pronuncia unas palabras a modo de oración con el sobre próximo al pecho. Terminada la petición, se dispone a abrirlo con especial cuidado. Asoma una sonrisa. Si sobreactuada o no, tan solo él lo sabrá.
Ignoramos si este chico procede de la ya antiquísima estirpe sacerdotal de Panto, sacerdote de Febo; o si, superado el paganismo, está cristianamente bautizado (con el bautizo recibimos el sacerdocio bautismal en tanto que nos hacemos partícipes del sacerdocio de Cristo). Desconocemos si se ha producido intervención divina en dicha oración; oración proveniente de los labios de un niño. Pero hay algo que queda meridianamente manifiesto: el rito forma parte de nuestra naturaleza y sigue vivo en buena medida de nuestros actos. Podemos verlo a nuestro alrededor, en cualquier lugar, y en las aspiraciones ingenuas e inocentes de un niño que nos habla del hombre.


